jueves, 28 de mayo de 2015

LA COMIDA INSOLITA




Todo lo que camina, nada,  se
arrastra o vuela, a la cazuela
Voz popular

Hoy por  hoy comemos sin reparos el
cerdo, que es tan sucio, y rechazamos
el gato que tan limpio es: que se lava
cara y manos antes y después de comer,
cosa que no han hecho jamás los cerdos.

JOSE FUENTES MARES (1918-1986)

El Diccionario de la Real Academia Española asienta que el adjetivo insólito tiene varios significados. Entre otros: raro, extraño, desacostumbrado. En otros “tumbaburros” aparecen las siguientes definiciones: poco frecuente, fuera de lo común y extraordinario. Con base a esta premisa diré que el título de este artículo La comida insólita, hace referencia a un tipo de alimentación que no es frecuente (y aquí podría yo señalar que, en términos generales, no es la acostumbrada no sólo en nuestro medio (México)  sino en muchos otros países, en los cuales no se tiene el hábito de ingerir el tipo de productos  ---generalmente cárnicos--- que en este texto son mencionados.

Otros gastrónomos emplean la palabra “exótica” (vocablo que en el Diccionario Enciclopédico Larousse  (Barcelona, España, 2009), tiene el significado de extraño, chocante, extravagante)  para hacer alusión a aquellos productos alimenticios que no son cocinados de una manera regular, o frecuente, en la preparación de las comidas. En esta categoría puedo enlistar, en primer lugar,  los insectos, y agregar que la entomofagia me parece en extremo deliciosa, a más de que aquellas especies que la constituyen poseen un contenido proteico superior al de la carne de bovino, de  ave y de pescado. En México existen ciento cuarenta y ocho especies de insectos, terrestres y acuáticos, de amplio consumo en infinidad de lugares en nuestro país.

Los insectos son alimentos hiperprotéicos, y puedo enlistar los siguientes  (entre paréntesis menciono su valor en proteínas): jumiles (70%),  escamoles (67%),  gusanos rojos de maguey: chinicuiles (71%) y gusanos blancos del maguey: meocuiles (62%). Como pertinente punto de comparación mencionaré que  en el libro Nutrición Humana: principios y aplicaciones (escrito por Linnea Anderson, Marjorie V. Dibble, Helen S. Mitchell y Henderika  J. Rynbergen.  Editorial Bellatierra, Barcelona, España, 1979),  queda asentado que “el contenido proteico de las carnes, aves y pescados oscila entre el 15 y el 30 por ciento, según sean las cantidades de agua y grasa presentes”.

Otros alimentos exóticos de México bien pueden ser siguientes:  armadillos, tuzas, ardilla, comadrejas, ratones e iguanas, así como pavos y perros domésticos. Igualmente las serpientes, ranas, salamandras acuáticas (axólotl: ajolote), huevos de peces, escarabajos, corixídeos de agua (axayacatl) y sus huevecillos  (ahuauhtli), entre muchos otros. Y para quien considere que el hecho de comer esta clase de productos autóctonos, considerados raros o exóticos,  puede ser repugnante,  conviene recordar las palabras del gastrónomo español  Julio Camba, autor del libro La Casa de Lúculo o El Arte de Comer  (Espasa-Calpe Argentina, S.A., Buenos Aires, 1943):”El primer hombre que comió un caracol no era, ciertamente, un epicúreo sino un hambriento. Sólo el hambre, en efecto, pudo hacerle llevarse a la boca ese gasterópodo de aspecto inmundo, y hoy los caracoles de Borgoña tienen en la cocina francesa un tratamiento de excelencia. Y quien habla del gasterópodo habla del batracio. Las ranas no le ofrecían al hombre una apariencia mucho más apetitosa que los caracoles, pero algún músculo debían de tener cuando daban unos saltos tan largos”.

En lo referente a los productos alimenticios que pueden ser considerados de escaso consumo entre la población, no solamente figuran aquellos que pueden causar rechazo o repulsión por diferentes motivos, principalmente de índole nutricional, o quizá por razones étnicas, pues mientras que para unas personas son motivo de deleite gustativo, para otras resultan punto menos que repugnantes, de acuerdo a sus ancestrales hábitos y reiteradas costumbres alimenticias. 

En el libro Los alimentos y el hombre  (Miriam E. Lowenberg,  Eva D- Wilson,  E. Neige Todhunter, Moira C. Feeney y Jane R. Savage. Editorial Limusa-Wiley, S.A., México, D.F. 1970),  que a mi parecer es una magnífica obra de consulta, en la cual son certeramente analizadas múltiples facetas acerca de los diversos hábitos alimenticios que privan hoy en día en numerosos grupos humanos,   queda asentado  ---al referirse las cuatro autoras a las prohibiciones de ingerir tal o cual alimento--- que “es también frecuente que los animales se conviertan en tabú, sencillamente porque no son comidos”. Este hecho, de alguna manera, contribuye a que al paso del tiempo muchos grupos étnicos se priven de ingerir alimentos que en otros lugares no causan ninguna repulsión, y, por ende, constituyen la base de la diaria ingesta nutricional.

También hay otros alimentos, los cuales en muchos países (quizá en la inmensa mayoría del globo terráqueo)  son de amplísimo consumo cotidiano, en tanto que en numerosos lugares son vedados, principalmente por varias religiones, porque son  considerados  “impuros”  ----algunos de ellos de manera permanente, en todo tiempo, y otros únicamente en alguna temporada del año, por ejemplo en la Cuaresma---.  El cristianismo prohíbe los siguientes, según los enlista el libro del Antiguo Testamento denominado  Levítico (un libro, el tercero del Pentateuco, que lo mismo forma parte de la Biblia como de la Torá). Allí  queda consignado que “De entre los animales, todo el que tiene pezuña hendida y que rumia, éste comeréis. Pero de los que rumian o que tienen pezuña, no comeréis éstos: el camello, porque rumia pero no tiene pezuña hendida, lo tendréis por inmundo. También el conejo, porque rumia, pero no tiene pezuña, lo tendréis por inmundo. Asimismo la liebre, porque rumia, pero no tiene pezuña, la tendréis por inmunda. También el cerdo porque tiene pezuñas, y es de pezuñas hendidas, pero no rumia, lo tendréis por inmundo”.

En otra fuente de información leí que  “La Torá es bastante clara con respecto a qué animales están permitidos y cuáles no. Así, se permite el consumo de animales terrestres que tengan pezuñas hendidas y rumien (vacas, ovejas, cabras y ciervos son kosher) mientras que los que no cumplan estas dos condiciones no son permitidos, lo que excluye de su dieta a cerdos, conejos, liebres, ardillas, perros, gatos, camellos y caballos, aunque la lista es larga, como podéis imaginar”.

Aquellos judíos  a los que estaban dedicadas estas rigurosas prédicas,   debían ser atentos practicantes de la zoología, para averiguar si  los animales a los que les tenían echado el ojo para su diaria manducatoria eran rumiantes o de pezuña hendida, antes de proceder a cocinarlos, para no incurrir en pecado. Pero me atrevo a suponer lo que pasaría, en caso de que ese fiel practicante de la religión judía mostrase un gran apetito y no tuviese de dónde escoger. Seguramente haría caso omiso de las prescripciones religiosas con el fin de calmar el hambre, que lo impulsaba a alimentarse con animales no permitidos por su religión.

El cristianismo no es la única religión que ha establecido prohibiciones en torno a algunos alimentos. El 27 de marzo de 2014, en el boletín Directo al paladar, fue publicado un interesante artículo acerca de los alimentos vedados por el islamismo.  “Las prohibiciones del Islamismo en el campo de la alimentación se pueden resumir toscamente en que no está permitido comer cerdo ni beber alcohol, siendo el Corán bastante claro al respecto: Está prohibido comer la carne del animal que haya muerto de muerte natural, la sangre, la carne de cerdo y la de un animal que se sacrifique en nombre de otro que Dios; no obstante quien se vea obligado a hacerlo en contra de su voluntad y sin buscar en ello un acto de desobediencia, no incurrirá en falta. Es cierto que Dios es Perdonador y Compasivo […] Corán 2.173

“El término que se utiliza para referirse a los alimentos aceptados según la Sharia, la ley islámica, es Halal,  que hace referencia al conjunto de prácticas permitidas por la religión musulmana, pero asociado especialmente a los alimentos. Los alimentos que no son considerados Halal reciben el nombre de Haram.

“Existen unas directrices para que un alimento sea considerado Halal que se pueden resumir en tres puntos, que el animal no forme parte de la lista prohibida, que sea sacrificado vivo (no se acepta la carroña) en nombre de Alá por un matarife musulmán cualificado y que se sacrifique de un corte limpio en el cuello con un cuchillo afilado, que no se separe del animal durante el sacrificio, seccionando la tráquea, el esófago y las principales venas y arterias.

“En esa lista de animales prohibidos figuran los siguientes: cerdos y jabalíes. Perros, serpientes y monos. Animales carnívoros con garras y colmillos, como leones, tigres, osos y otros animales similares. Aves de presa con garras, como águilas, buitres y otras aves similares. Animales dañinos como ratas, ciempiés, escorpiones y otros animales similares. Animales a los que el Islam prohíbe matar, por ejemplo, hormigas, abejas y pájaros carpinteros. Animales que en general se consideran repulsivos, como piojos, moscas, gusanos y otros animales similares. Animales que viven tanto en la tierra como en el agua, como ranas, cocodrilos y otros animales similares. Mulas y burros domésticos. Todos los animales acuáticos venenosos y peligrosos. Todo animal que no haya sido sacrificado con arreglo a la ley islámica. Y también la sangre”.

Acerca de la denominada  “comida insólita”,  quiero transcribir varios párrafos de un excelente artículo (publicado, el  día 15 de septiembre de 2008, en el boletín on-line Directo al paladar, de España), cuyo título es “Las comidas más repulsivas del mundo”. Allí leo lo siguiente: “Seguramente si pidiéramos a nuestros lectores que nos hicieran una lista con las 15 comidas más repulsivas del mundo, entre ellas se hallaría la carne de perro. Las larvas de insectos, serpientes y arañas seguirían con la macabra lista. Seguro. Pero señores, todo es cultural, ambiental, herencia de los gustos y costumbres de nuestros antepasados. ¿No se lo creen?
“Así es, nuestro entorno es un feroz dictador que nos impone sabores, olores y texturas: dicta tendencia. Tanto le da relegar al olvido el aroma penetrante y intenso del garum romano como ensalzar el dulzón y soso sashimi. No tiene piedad. Tanto arrasa con la sabrosa carne de conejo en las islas británicas como con las hormigas fritas en Europa. Y qué me dicen de las tortillas de sesos, de las cabezas de cabrito al horno, de los embutidos elaborados con sangre, de los caracoles, de las criadillas de cerdo, de los callos, de la casquería en general (toda una categoría en sí misma, tan repulsiva como sabrosa), de las ancas de rana, de los quesos mohosos, de los hígados hipertróficos, de los jamones, las mojamas, de las huevas en general y del caviar”

A propósito del garum, una salsa a la cual eran muy aficionados (adictos, sería la palabra exacta para describir esa predilección) los romanos, hace veinte centurias, diré que “Era considerado como un alimento afrodisíaco, únicamente consumido por las capas altas de la sociedad. El Garum era una salsa que mezclada con vino, vinagre, aceite e incluso con agua, servía para aliñar otros manjares. Las recetas conservadas nos relatan su proceso de elaboración. Se ponían en un recipiente las vísceras de una larga lista de pescados y mariscos, morenas, caballas, atún, sepia, calamar, ostras, almejas, gambas, congrios y se le añadía sal de manera generosa. A continuación se ponían pescados pequeños, morralla, anchoas, sardinas, jureles. Todo bien salado se dejaba secar al sol moviéndolo con frecuencia. Una vez seco, por el calor del sol de la masa se desprendía un líquido que era el Garum”. Seguramente que, para los opulentos patricios de la antigua Roma, este condimento era una delicia al paladar, a pesar de su intenso aroma, que algunos gastrónomos han considerado resultaba muy desagradable, tanto al olfato como al gusto.

Cuatro años más tarde  ---el 7 de junio de 2012--- fue publicado, en ese mismo boletín,  un articulo cuyo título es  ¿Te atreverías a probarlo?: Algunas de las comidas más desagradables del mundo”, donde queda asentado que  “La acción de comer responde a uno de nuestros instintos más primarios como seres vivos. Pero hace mucho tiempo que, para la mayoría, la comida dejó de ser una mera necesidad para sobrevivir. A lo largo de la historia ha ido adquiriendo connotaciones culturales, es un rasgo más de nuestra identidad. Y como elemento cultural, responde a una enorme diversidad a lo largo del planeta, de tal modo que alimentos corrientes para unos, pueden resultar de lo más desagradables para otros”.

“Hay muchos ejemplos, en diversas partes del mundo, de productos típicos fermentados en diferentes grados. En Europa son frecuentes en los países del norte, y es que es una técnica de preparación y conservación propia de climas fríos y duros. Un ejemplo conocido es el Surströmmingo arenque “podrido”, típico en Suecia. Tras fermentar el pescado varios meses en barriles, se comercializa en latas que se recomienda abrir al aire libre por el potente olor fétido que desprende. Groenlandia es otra región de condiciones severas donde recurren desde hace siglos a técnicas de conservación de alimentos similares. Un ejemplo es el hákarl, carne curada mediante fermentación de un tiburón de la zona, cuyo sabor dicen que recuerda demasiado al amoniaco. O el kiviak, un tipo de ave marina que se envuelve completa en piel y grasa de foca y se deja fermentar varios meses bajo rocas, hasta su consumo en invierno.

“El balut es una especialidad en diversos países del sureste asiático, especialmente en Filipinas. Se trata de un huevo fertilizado, normalmente de pato, que contiene el embrión del animal, y se consume normalmente cocido dentro de la propia cáscara, o sobre una salsa especial. Se le atribuyen poderes afrodisíacos por la alta cantidad de proteínas que posee, y se suele acompañar de cerveza en los puestos callejeros. Otra preparación asiática que tiene como protagonista al huevo es el pidan, conocido como huevo de los mil o cien años. Se trata de un huevo de ave, normalmente de gallina, codorniz o pato, que se somete a una preparación de minerales como cal, arcilla y cenizas durante semanas o meses. El resultado es un huevo de color muy oscuro, textura gelatinosa y un fuerte olor semejante al queso. Se considera una especie de aperitivo que se sirve con diversos ingredientes según la región.

“En cuanto al mundo cárnico, se suele decir que en épocas de escasez de los animales se aprovecha todo, aunque a veces no sea lo más apetecible. En culturas derivadas de la persa se preparan todavía muchos platos de gran tradición alrededor del ganado sacrificado. Especialmente desagradable suena el pacha, un plato iraquí que consiste en una cabeza de oveja cocida entera, considerándose las mejillas y la lengua la mejor parte.
“Para concluir  mencionaré  que una comida nos parezca más o menos apetecible está directamente relacionado con la tradición y las costumbres del entorno donde hemos crecido. Seguro que leer algunos de estos ejemplos hará torcer la nariz a más de uno, y es que un choque cultural fuerte nos incita al rechazo. Existen muchísimos platos típicos de la gastronomía de cada región que se asocia a costumbres y culturas ligadas a la sociedad de cada lugar. Los que hemos visto aquí son sólo algunos ejemplos, y aunque seguramente muchos de ellos nos puedan causar repulsión, quizá liberándonos de los prejuicios podríamos llegar también a apreciarlos. Lo importante, en mi opinión, es no perder la identidad gastronómica propia y respetar las costumbres ajenas”. Hasta aquí esa cita.

A la hora de recordar los alimentos que han sido consumidos en épocas de hambruna, conviene tener presente que durante el sitio bélico que el ejército alemán estableció en la ciudad de Paris, en 1870, en ocasión de la guerra franco-prusiana, se registró un gran desabasto de alimentos. Para paliar esta conflictiva circunstancia las autoridades citadinas permitieron el sacrificio de infinidad de animales del zoológico de Paris: hipopótamos, jirafas, tigres, leones, cebras, rinocerontes, elefantes, y demás fauna de ese recinto, los cuales fueron distribuidos entre la población urbana, con la finalidad de que tuvieran la posibilidad de alimentarse con estos animales, los cuales, meses atrás, muchos de ellos no pensarían llegar a comer.

Más todavía, a partir del 12 de octubre de 1870  los habitantes de Paris, que habían estado comiendo, de manera casi regular, carne de caballo y de asno, comenzaron a comer ratas. Néstor Luján describe este hecho en su hermoso libro Historia de la Gastronomía ( Plaza & Janés Editores, S.A., Barcelona, 1988): “Como el roedor producía una lógica repugnancia, la Academia de Ciencias de Francia no vaciló en pronunciarse sobre la salubridad y aun la suculencia de su carne. Así puede leerse en el Journal Officiel, del 26 de noviembre de 1870. “La Academia de Ciencias acaba de prestarse a una inestimable manifestación gastronómica a favor de la carne de rata…Un cierto número de académicos se reunió para degustarla,  desarraigando los viejos prejuicios de la cocina francesa. Han probado con diversas salsas y condimentos carne de caballo, de gato, de perro y, sobremanera, de rata. Han  encontrado infinitamente superior ésta última. Así pues, a partir de hoy, la rata, consagrada por la Academia de Ciencias, se convierte en alimento de alta calidad que la población de Paris debe adoptar. Existen en Paris, por lo menos,  veinticinco millones de ratas, que tienen, por otra parte, una extraordinaria capacidad de reproducción; la comida está, afortunadamente, asegurada”.
Cabe agregar, ahora que me refiero al consumo humano de la carne de rata, que en la gastronomía de China figura  ---desde hace muchas centurias--- este roedor  como una de las delicias culinarias de Cantón (Kwangchow), Shangai, Pekín (Beijing) y Szechuán, entre varias otras regiones del antiguo Celeste Imperio.

A este particular, Julio Camba, erudito gourmet hispano, afirmó en su interesante obra La Casa de Lúculo o el arte de comer ---párrafos arriba citada---  lo siguiente: “La cocina china resulta inadmisible para los occidentales, y, sin embargo, es la más sabia, la más exquisita y la más civilizada del mundo”.  Esto dijo ese gastrónomo español, que en varias ocasiones había ponderado las cualidades  de la cocina francesa, y es que ambas,  la china y la francesa, ocupan el lugar cimero de la gastronomía del orbe: de la china se ha dicho, repetidamente, que es la número uno, seguida de la francesa, y en tercer lugar está clasificada la cocina de México.  

(Las personas interesadas en México, en conocer las sabrosuras de la llamada  comida insólita, tienen la oportunidad, en una ocasión cada año, de saborear platillos en extremo curiosos, que los pobladores de Santiago de Anaya, en el Valle del Mezquital, en el Estado de Hidalgo,  presentan en la Feria Gastronómica  que, en abril de este año de 2015,  ha llegado a su edición trigésimo quinta.  Los visitantes de esta tradicional muestra culinaria  --me atrevo a suponer que es única en México-- pueden probar muchos de los quinientos guisos (esta es la cifra oficial de este singular festejo manducatorio) que los propios habitantes de ese poblado, y los habitantes de las comunidades aledañas,  cocinan tomando como base la flora y la fauna propias de esta región del Estado de Hidalgo. En esta feria de comida  son degustados chapulines, escamoles,  ardillas, ratones de campo, zorrillos, tlacuaches, caracoles, lagartijas, codornices  y conejos,  así como una amplia gama de plantas silvestres, propias de la región.  En la ocasión más reciente el ganador del  concurso del mejor platillo típico fue Raúl Vázquez, quien cocinó un manjar a base de zorrillo con caracoles, flor de maguey y garambullo)

A continuación me ocuparé de otro alimento, el cual, así mismo, puede ser denominado insólito: el gato. Al respecto mencionaré  que el 3 de agosto de 1992 publiqué  en el periódico El Universal (en la sección titulada “Caleidoscopio Gastronómico”, en la cual escribía entonces acerca de temas gastronómicos y enológicos)un artículo titulado “La mininofagia”. Allí asenté que había yo acuñado esa palabra híbrida (formada por el vocablo minino, que hace referencia al gato, y el término griego phagei, fagos, que significa 'comer')  para ocuparme del consumo de este pequeño animal doméstico, de tan extendida ingesta desde hace muchos siglos.
En efecto, Rupert de Nola, el cocinero del rey Fernando de Nápoles, publicó en el año 1520, en lengua catalana, y en la ciudad de Barcelona, su obra Llibre del Coch, que apareció en su traducción al castellano, en 1525, con el título de Libro de cocina. Entre muchas otras recetas figura una que tiene como base carne de gato, la cual, seguramente, daba como resultado un guiso de gran suculencia, ya que, como asegura el autor, “es muy buena vianda”, considerando que uno de los significados del vocablo vianda hace alusión a la carne, principalmente de res, y al pescado.

Abundando en este asunto mencionaré  que en el artículo líneas arriba señalado comenté que, días antes, había aparecido en la prensa nacional  la noticia de que “la falta de alimentos en Cuba ha llevado a la gente a comer gatos, ya que debido a la grave situación económica que priva en la isla caribeña los habitantes, al no tener a la  mano otro aporte de proteínas de origen animal, se han visto obligados a recurrir a los gatos para mitigar un poco el hambre que tienen de un buen trozo de carne”

De acuerdo a la nota periodística a la cual ahora hago mención, escrita por Joaquín Ibarz, quien asegura haber sido testigo presencial de los hechos,  muchos cubanos le habían comentado que han comido en repetidas ocasiones carne de gato, lo que ha ocasionado la virtual extinción de los mininos en La Habana. En esa nota de prensa leo que “La alta cotización que ha alcanzado el gato provocó su desaparición de calles y tejados. Este animal es buscado, dado que su precio alcanza ya los treinta y cinco pesos (equivalente al salario semanal de muchas personas…El hecho de que un pueblo con un elevado nivel de educación se coma a los gatos, es el síntoma más evidente de la dramática situación que se vive en la isla”.

Mas no se piense que el consumo de carne de gato es privativo de los pueblos hambrientos, como en su momento ocurrió, en 1992, con el cubano. Un año antes había yo escrito, en otra colaboración periodística, que “a principios de enero de 1991 había sido publicado en Italia un libro, que contiene únicamente recetas de guisos a base de carne de gato, ya que el sabor de este felino es en extremo suculento. Y escribí que convenía recordar que hay un refrán que dice “dar gato por liebre”, que se explica por sí solo, ya que se tiene la bien fundada sospecha de que, en numerosas ocasiones, aquel que ordena un platillo cocinado con carne de conejo, o bien de liebre ---cárnicos éstos de tanta apetitosidad, y de tan extendido consumo en Europa---, recibe, convenientemente aliñado, un guiso elaborado con carne de gato.

Y ya que estoy haciendo remembranza de hechos pasados, diré que, por aquellos años, tuvo lugar un sonado fraude alimenticio en la ciudad de Monterrey, ya que en un restaurante que gozaba de gran popularidad por su cocina, especializada en carne de cabrito, las autoridades sanitarias habían encontrado que en los frigoríficos de ese comedero había docenas y docenas de gatos,  listos para ser cocinados y servidos como “cabrito de Monterrey”.

(Quien desee degustar diversos platillos de señalada sabrositud, de los considerados exóticos,  puede acudir al Restaurante Chon (Regina 160, en el Centro Histórico de la ciudad de México), donde sirven, entre otras exquisiteces, “cocodrilo en pipián verde, víbora en machaca estilo Sonora, avestruz en salsa de ciruela, venado ya sea en albóndigas o en pipián, armadillo en salsa de mango, jabalí, ranas, codorniz y faisán en pétalos de rosa. También ahuautle, escamoles, gusanos de maguey y chapulines”).

A manera de colofón transcribiré una frase tomada del libro Manual del cocinero y cocinera, publicado en la ciudad de Puebla, en el año 1849: “En todos los países civilizados se come: en todas las naciones del mundo está prohibido con pena capital, por la ley de la naturaleza, el crimen de no comer, y  ni uno solo de cuantos se han hecho reos de tan atroz delito ha dejado de experimentar el ejemplar castigo que tan inexorable ley señala.  Comamos, pues, en gracia de Dios, aunque no sea más que para no ser culpables”.



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lunes, 4 de mayo de 2015

FRAY JUNIPERO SERRA: UN VITIVINICULTOR ELEVADO A LOS ALTARES



Las preocupaciones huyen y se disipan con abundante vino

PUBLIO OVIDIO NASON (43 A.C.—17 D.C.)


Ayer, domingo 3 de mayo de 2015, el Papa Francisco confirmó que el día 23 de septiembre de este año declarará santo al sacerdote Junípero Serra, durante la misa que celebrará en el Santuario Nacional (National Shrine), en la ciudad de Washington, D.C.  Este monje franciscano fue canonizado el 25 de septiembre de 1988, por el Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la Basílica de San Pedro, en Roma, declarándolo objeto de culto religioso.

En estricto apego a la verdad diré que la inicial beatificación y próximamente la canonización de Junípero Serra no fue debida a sus actividades enológicas, encomiable tarea que desplegó lo mismo en las Misiones que él fundó en la Sierra Gorda  de Querétaro que en la Alta California, desde San Diego hasta San Francisco, que constituyeron el comienzo del desarrollo urbano de lo que, pasados los años, habrían de convertirse en importantes núcleos de población en la actual California.

Fray Junípero Serra nació el 24 de noviembre de 1713, en la villa de Petra, en la isla de Mallorca, en el archipiélago de las Baleares.  Su nombre fue Miguel Serra y Ferrer. A los 19 años ya era doctor en teología, y durante varios años fungió como profesor de filosofía en el convento de San Francisco, en Palma de Mallorca. Como era común en esa orden religiosa, integrada por fieles seguidores de las ascéticas prédicas del santo varón de Asís, Miguel Serra cambió su nombre por el de Junípero.

En agosto de 1749 salió del puerto de Cádiz con rumbo a la Nueva España. Algunas semanas más tarde, el 7 de diciembre, desembarcó en el puerto de Veracruz, y desde esa urbe hizo el viaje, a pie y descalzo, hasta la capital del virreinato, llegando a instalarse en el convento de San Francisco, en la ciudad de México. Algún tiempo después sus superiores le dieron el encargo de llevar el evangelio a la zona septentrional de lo que hoy en día es el Estado de Querétaro, donde habitaban los  belicosos indígenas pames, quienes tantos dolores de cabeza ocasionaban a las autoridades virreinales  por sus atrevidas correrías, hasta que finalmente fueron pacificados por José de Escandón, en la cuarta década del siglo XVIII.  Fray Junípero Serra, quien ostentaba el cargo de presidente de la Misión de Santiago de Jalpan, hizo de esta población ---hoy en día la urbe más importante de toda la Sierra Gorda--- su centro de operaciones, para llevar la luz del evangelio a las zonas circunvecinas.

Cinco fueron las misiones que Fray Junípero Serra y sus compañeros misioneros establecieron en aquellos agrestes sitios de la Sierra Gorda  (una hermosa región hoy en día llamada Huasteca Queretana), la cual es una serranía formada por la parte oriental de la Sierra de Zacatecas. A  cada una de ellas destinó el monje mallorquín a dos misioneros franciscanos para que edificaran los templos de esas comunidades, las cuales llevan por denominación Santiago de Jalpan, San Miguel de Concá, Santa María de las Aguas de Landa, San Francisco de Tilaco y Nuestra Señora de la Luz de Tancoyol, y se trata de edificaciones barrocas muy semejantes entre sí.

Las fachadas de estas pequeñas iglesias son consideradas por la investigadora Elisa Vargas Lugo (en su documentado libro Las portadas religiosas de México) “una variedad popular del barroco de argamasa, que cubre todas las superficies con relieves y esculturas…probablemente hayan sido construidas por un mismo grupo de artesanos, dada la cercanía en que se encuentran unas de otras” De estos cinco templos, edificados en el siglo XVIII, la de Concá es la de ornamentación más sencilla  ---de hecho es la más pequeña de todas--- y en ella vemos por doquier, embelleciendo la fachada, infinidad de racimos de uvas, que lo mismo es un símbolo eucarístico que una clara apología de la vid, precursora del vino.

Una vez conseguida la pacificación de los pobladores aborígenes fue llamado Junípero Serra a la ciudad de México. Entonces sus superiores le dieron la tarea de hacerse cargo de las misiones fundadas, en lo que hoy llamamos Baja California, por los misioneros jesuitas, a quienes el monarca hispano Carlos III  había expulsado de todos los dominios de España.  En 1768 llegó este incansable misionero a Loreto, la capital de ambas Californias: la Baja y la Alta, que hoy en día pertenece a los Estados Unidos de América. Allí, en los alrededores de Loreto, continuó Serra con la tarea de fomentar el cultivo de la vid, como lo habían hecho sus antecesores, los jesuitas, y un año más tarde acompañó a la expedición del capitán Gaspar de Portolá, la cual hizo rumbo a la Alta California.  

El 16 de junio de 1769 fundó la Misión de San Diego de Alcalá (a la cual siguieron otras cuatro más) en torno a la cual habría de crecer y desarrollarse la ciudad estadounidense que hoy en día lleva el nombre de San Diego. Cabe agregar que Junípero Serra llevo el cultivo de la vid a aquellas tierras, a la sazón lejanas regiones dependientes de la Nueva España, lo que hoy en día es considerado el antecedente histórico del viñedo californiano, que actualmente goza de merecido prestigio mundial.

Este monje franciscano falleció el 28 de agosto de 1784, en San Carlos de Monterey (sic), y un siglo más tarde, en 1884,  se reunieron en congreso “los diputados del Estado de California y acordaron la celebración periódica de una fiesta del centenario y la erección de una gran estatua, que perpetuase la memoria de tan preclaro colonizador. La estatua fue inaugurada el mismo año de 1884, y fue levantada en Monterey (sic), California, lugar donde descansan sus restos mortales”.

En la Sala Nacional de las Estatuas (en inglés National Statuary Hall), un hermoso recinto semicircular de dos pisos, también conocida como la Antigua Sala de la Casa (en inglés The Old Hall of the House), en el Capitolio de los Estados Unidos, en Washington D.C.,  se hallan las estatuas de los hombres y mujeres más notables de la Unión Americana. En ese sitio hay rotonda donde están ubicadas 100 estatuas “que recuerdan a importantes figuras de la historia de la nación”. Una de esas esculturas representa a Fray Junípero Serra, con la leyenda que a la letra proclama: “como un tributo a su colosal temple de evangelizador y  fundador de California”.  



jueves, 16 de abril de 2015

HABLEMOS DE LA HIPOFAGIA



“El placer gastronómico es el
principio y el fin de una vida feliz.”
EPUCURO DE SAMOS
(341 AC—270 AC)


Hace unos días publiqué en mi blog El Legado de Dionisios  (http://ellegadodedionisios-miguelguzmanpered.blogspot.com/)  un artículo titulado “Cocina china a base de cárnicos caninos”, en el cual formulaba diversos comentarios en torno al mini escándalo culinario que surgió en la ciudad de Tijuana, debido a que las autoridades sanitarias de esa ciudad bajacaliforniana habían detectado que en varios comederos especializados en cocina china, utilizaban carne de perro para la confección de los guisos servidos a la clientela Como resultado de esa acción fueron clausurados varios restaurantes de ese tipo de comida, y algunos otros restauranteros se curaron en salud y de manera voluntaria cerraron las puertas de sus respectivos negocios de comida.

Ahora me ocuparé de otro tipo de alimento cárnico, considerado más o menos poco frecuente en nuestro país: el caballo, el cual, desde hace casi muchos años  ---podemos decir que por lo menos tres décadas--- , estaba a la venta en las carnicerías nacionales,  debido, principalmente, al elevado costo de la carne de res o de cerdo. Para fundamentar este juicio señalaré que el día 13 de julio de 1990 el periódico El Financiero publicó una nota periodística en la cual se hacía mención al hecho de que “de 1984 a 1989 había descendido en 40% el consumo de carne en México (se entiende que se habla de la carne de bovino y de porcino, principalmente), ya que de  38 kilos en 1984 disminuyó a 23 kilógramos per capita y por año en 1989, lo que significa que ese consumo es de menos de un tercio del consumo de los países desarrollados, cuyos habitantes ingieren setenta y cinco kilos de carne por persona, anualmente”.

Cabe agregar que en otra nota periodística publicada el 16 de marzo de 1988 quedo asentado que “Ante el bajo precio y lo equiparable de su valor nutritivo, mucha gente ha optado por consumir carne de caballo, alimento relegado para perros o gatos. La carne de caballo es un alimento que reúne las mejores condiciones nutritivas y tiene un precio de casi la mitad del que mantiene hoy la carne de res, de cerdo o de pollo”.

Del año 1984 a los días que corren, ya en el siglo XXI,  es indudable que el precio de los alimentos cárnicos, de cualquier tipo, se ha incrementado en México de manera estratosférica. Pero ese es ya  motivo de otras consideraciones, principalmente de índole económica,

Volviendo al asunto de la hipofagia diré que en las épocas prehistóricas los hombres comían carne de caballo, como la de cualquier otro animal salvaje que pudieran cazar. En las grutas europeas, bellamente decoradas con pinturas rupestres ---las cuales fueron realizadas hace más de veinte mil años---  el caballo aparece en esas extraordinarias muestras del arte paleolítico dieciocho veces más que el bisonte y sesenta veces más que el ciervo, En Solutré, en Borgoña, Francia, los arqueólogos descubrieron, en 1866, los restos óseos de más de cien mil caballos, esparcidos en un terreno de una hectárea, cuya profundidad era de poco más de un metro.

El poeta Marco Valerio Marcial escribió, en el siglo primero de nuestra era, que la tribu de los Sarmata acostumbraba beber sangre de caballo para  nutrirse. Herodoto,  historiador del siglo V A.C., comenta que los escitas comían frecuentemente carne de caballo. Y el viajero Marco Polo, a su regreso de China, afirmó que los tártaros eran muy afectos a esta carne, y dijo, así mismo, que tenía conocimiento que cuando los guerreros mongoles se desplazaban en sus campañas bélicas no llevaban consigo víveres, sino que cada  diez días sangraban  a uno de los dieciocho caballos que acompañaban a cada soldado, para beber su sangre.

En el año 1581 Marx Rumpolt  (cocinero en jefe del Elector de Mainz, en uno de los màs influyentes Estados del Sacro Imperio Romano Germánico)  publicó en Alemania un libro de su autoría:  Ein new Kochbuch  (“Nuevo libro de Cocina”),  y en esa obra aparecen numerosos guisos preparados con carne de caballo. El cirujano general de Napoleón Bonaparte, el Barón Dominique-Jean Larrey,  fue un apasionado promotor de la hipofagia  --- palabra formada por dos vocablos griegos: hipos: caballo. y fagos: comer---, y junto con Antoine-Augustin Parmentier  (uno de los que más esfuerzos desplegaron para introducir la papa en la gastronomía de Francia)  se preocupó por impulsar el consumo humano de la carne caballar en ese país. 

En Wikipedia aparece que “En la época temprana del magdaleniense ya se puedEuropa está asociado su consumo a las adoraciones teutónicas de Odín. Según las historias, el gusto actual por esta carne de caballo procede de la batalla de Eylau en 1807, cuando el cirujano-jefe del ejército de Napoleón, barón Dominique-Jean Larrey, aconsejó a las tropas hambrientas que comieran la carne de los caballos que habían muerto en el campo de batalla”.
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En la década de los años sesenta, del siglo dieciocho, adquirió singular auge en Francia la culinaria preparada con esta carne, de un animal perisodáctilo, de la familia de los equinos. Antaño había tenido notoria aceptación en Francia la carne de asno, cuyo consumo en la tierra de los Galos se remonta a la época de los romanos, quienes habían adquirido este hábito de diversos países del Asia Central, donde era muy apreciada su carne. No hay que olvidar que en la Edad Media la cocina de Perigord, reputada una de las mejores de Francia, no desdeñaba la preparación de diferentes manjares con productos asnales, dignos de figurar en la mesa de los más sibaríticos gourmets.

Como una muestra de la calidad coquinaria de la carne de caballo diré que en Paris tuvo lugar, el 6 de marzo de 1855, un gran banquete, presidido por el naturalista Geofrey Saint-Hilaire, y todos los refinados comensales  que en ese ágape participaron, se deleitaron con un amplio menú, el cual, de principio a fin, estuvo integrado a base de carne de caballo. El vino elegido para el maridaje de tan distinguido yantar fue un Gran Cru de Burdeos, de Sant Emilion, de la marca ---como sería de esperarse--- “Cheval Blanc” (“Caballo Blanco”) . Trece años más tarde, en el selectísimo Jockey Club de Paris, tuvo verificativo otro exclusivo ágape, como el anterior, a base de guisos hechos con carne de equino.

Actualmente el consumo de carne de caballo va en aumento. En el portal Mundo, de la BBC, leí el 4 de marzo de 2013 el texto titulado “El caballo es la nueva tendencia gastronómica en Paris”. Allí se asienta que “Los recientes titulares sobre la carne de caballo llevaron a los consumidores europeos a mantenerse al margen de los productos de ternera, pero el caballo siempre fue bienvenido en algunos países europeos. En París, los chefs de moda lo incluyeron de nuevo en sus menús. ¿Se pelearán ahora los comensales por la carne de caballo? ¿Le daría usted a sus hijos conscientemente hamburguesas de carne de caballo? La respuesta, al menos en la mayor parte del mundo de habla inglesa, incluso antes del escándalo del etiquetado en Europa, habría sido un rotundo voto en contra. Lo que los caballos habrían agradecido sin duda alguna. En Francia, la respuesta se la pensarían dos veces. El consumo de la carne de caballo estuvo en declive desde hace décadas, y hoy apenas representa el 0,4% de toda la carne que se consume.

“Pero todavía hay 750 carniceros de carne de caballo que operan en el país. El 17% de la población admite haber comido carne de caballo en algún momento y alrededor de 11.000 haciendas siguen criando caballos para su consumo. Los profesionales dicen que creen que lo peor del declive ya terminó. Durante los dos últimos años, el comercio de este tipo de carne ha sido estable. "Hemos tenido que aguantar muchos ataques", dice Yves Berger, presidente de la Asociación Nacional de Productores de Carne Interbev. "Cada año nuestros oponentes montan grandes campañas de publicidad para decirle a la gente que no coma caballo.

“Un puñado de chefs ya empezaron a incluir el caballo en sus menús. Tómese como ejemplo "Les Tontons", frente al antiguo matadero de caballos de París, en el distrito 15, y que sirve una suculenta tártara de caballo (caballo crudo con huevo y condimentos). "Por supuesto, es perfectamente apto debido a que la tártara original era de caballo. Los miembros de una tribu mongol se comían sus propios caballos", dijo el propietario Jean-Guillaume Dufour. 

“Francia produce más o menos la misma cantidad que consume (unas 18.000 toneladas al año). Pero, de hecho, la mayor parte de la carne que se cría en Francia no se come allí, sino que es exportada a Italia -a los italianos (que en realidad comen más de dos veces el caballo que comen en Francia) les gustan los caballos jóvenes.

“Mientras tanto, los franceses, que los prefieren más viejos, una carne más roja,  importan casi todo lo que comen de Estados Unidos y Canadá, donde no se come, pero a veces se da de alimento a los animales”. Hasta aquí esa cita.

Para concluir con este texto mencionaré que en la década de los años cincuenta y sesenta, del siglo XX, solía yo ver en el Mercado de la Merced, en pleno Centro Histórico de la ciudad de México, diversos establecimientos de víveres que tenían a la venta carne seca de caballo y de asno. En amplios costales de yute, como los utilizados para contener los chiles secos (guajillo, mulato, pasilla, ancho, morita, chilpotle, entre varios otros),  expendían pequeños trozos de carne seca. Para no herir la susceptibilidad del posible comprador  ---o bien para evitar su posible rechazo a esa tipo de carne---  quien la vendía afirmaba que era carne de borrego o de chivo, incluso de res.  Es muy probable que este tipo de alimento ---como tantos otros que han desaparecido merced a la modernidad citadina--- ya no sea posible encontrarlos en nuestra ciudad capital.