lunes, 13 de junio de 2016

CONVERSACIONES GASTRONOMICAS INTEMPORALES (X)



UNA CHARLA CON EL DR. ATL

A muy corta distancia del poblado  purépecha de Angahuan   ---ubicado a una treintena de kilómetros de la michoacana ciudad de Uruapan---   antaño se localizaba el pequeño villorrio de Parangaricutiro, también conocido con los nombres de Parangaricutirimícuaro y  San Juan de las Colchas, cuyos orígenes se remontan, al decir de los historiadores, al siglo XV, lejano tiempo aquel en el cual gobernaba quien fuera el monarca de los purépechas  ---mal llamados tarascos---,  el rey Caltzontzin. Muy cerca de allí estaba la aldehuela,  habitada por quinientos pobladores, llamada Paricutìn (unos escriben este vocablo con acento esdrújulo: Parícutin,  y otros con acento grave: Paricutín) . Su denominación en lengua purépecha es Parhíkutini, que significa “lugar al otro lado. El día 20 de febrero de 1943 se abrió una grieta en la tierra, por la cual salió una  columna de humo negro, acompañada de fragorosos ruidos subterráneos.  Al día siguiente comenzaron a ser expulsadas piedras incandescentes y lava semifluida, y en pocos días el naciente cráter volcánico alcanzó una altura de entre seis y siete metros, con un diámetro, en su base, superior a los veinte metros. 
Por la noche el espectáculo era sencillamente maravilloso, ya que el Paricutín (el volcán tomó la denominación del paraje donde surgió de la tierra) se iluminaba con el rojizo resplandor de la luz de las explosiones.   Fue seguramente por entonces que un afamado pintor, y vulcanólogo por afición desmedida, de nombre Gerardo Murillo  (1876—1964),  mejor conocido por su seudónimo de Dr. Atl, comenzó a plasmar en infinidad de lienzos la sorprendente visión de un volcán cuyas cenizas llegaba a más de cuatrocientos kilómetros de distancia, y la temperatura de la lava oscilaba entre los novecientos y los mil grados centígrados.  Varios meses estuvo allí el Dr. Atl  pintando diversas escenas del Paricutín, a cual más de cautivantes, ya que hasta febrero de 1952, en su noveno año de actividad volcánica, estuvo emitiendo fuego, lava y cenizas desde su ancho cráter.  La altura máxima del Paricutín llegó a los 3,170 metros sobre el nivel del mar, ya que se levanta a casi quinientos metros sobre la planicie donde está ubicado.
Hace unos meses, disponiéndome yo a ascender, por tercera ocasión, las inclinadas y pedregosas laderas de este volcán, el cual está flanqueado por otro de menores dimensiones,  considerado por los geólogos como un “cráter parásito”,  llamado por los habitantes de esta región Zapichu, que quiere decir “el hijo”,  vi a un anciano que estaba apoyado en su caballete, ante un lienzo que reproducía la agreste visión de una violenta explosión ígnea.  De inmediato reconocí a Gerardo Murillo, quien además de su preclaro talento pictórico mostraba una gran afición a la gastronomía.  Me acerqué a saludarlo y le manifesté mi intención de conversar con él acerca de  diversos temas culinarios, conociendo que era un asunto muy de su preferencia.  Con una sonrisa asintió, y luego nos sentamos en unas rocas próximas.  Así dio comienzo nuestra plática.
---A su juicio, Dr. Atl, ¿qué cualidades se requieren para practicar con tino el arte de cocinar, que usted considera el arte por excelencia?
---Para ejercer este arte se necesita tanta o más inspiración que para pintar un cuadro, hacer un poema o dibujar los planos de un edificio.  Su técnica implica una gran experiencia, al mismo tiempo que una positiva responsabilidad.  Cocinar bien es amar a nuestro próximo.  Guisar bien es ejercer una de las más difíciles profesiones.  Si dar de comer al hambriento, así nada más, por quitarle el hambre, es una obra de misericordia más o menos religiosa, satisfacer el apetito de quien tiene buen estómago es una obra de liturgia estética.
---Con esta respuesta me hace usted pensar en la expresión “el violín de Ingres”, que hace referencia al hecho de que hay muchos personajes que, “conocidos por alguna faceta profesional, social o laboral, ejercen ocasionalmente y de manera destacada otra en apariencia muy alejada de  la primera. Ingres fue un pintor francés, eximio representante del estilo neoclásico, quien vivió entre los siglos XVIII y XIX, y que fue ampliamente conocido tanto en Francia como en el resto de Europa. Fue, asimismo, un virtuoso violinista que deleitaba a la alta sociedad contemporánea, a la cual sorprendía con su magistral talento pictórico y con sus sorprendentes méritos musicales, de los que solía ufanarse”. Por ello me permito preguntarle  ¿Cuáles juzga usted que han sido sus mejores logros como pintor o como cocinero?
---Yo no cambio los oropeles nacidos de mis exposiciones de pintura por el oro verdadero que me produce el placer de sentarse ante una mesa con mis amigos, a gozar de las delicias de una serie de guisos cocinados por mí mismo.  Los franceses, los italianos y los chinos me han enseñado hasta los últimos refinamientos en el arte de cocinar, pero es aquí en México donde yo llegué a saber cuál es el producto más extraordinario, más suculento, más prodigioso y más refinado de la cocina universal, un plato de frijoles de la olla, adicionado con un molcajete de chile verde y de un altero de tortillas.  Ante esta trinidad de la inteligencia humana: los frijoles, el chile y las tortillas, creada por necesidades elementales o por la geografía y la cultura indígenas, desaparecen de mi vista las combinaciones de todas las cocinas del universo.
---Saber preparar apetitosos guisos encierra un gran placer, estético y gastronómico.  ¿Cuál es su opinión al respecto?
---El Renacimiento no sólo ha sido la Capilla Sixtina, el Gattamelata y las teorías de Galileo y de Torricelli.  También nos proporcionó las normas para ejercer el arte culinario, que iguala a todos los demás en satisfacciones físicas y espirituales.  Las gentes que no han guisado  por puro gusto, aquellas que ignoran el arte de combinar los alimentos crudos para convertirlos en manjares exquisitos: aquellas otras que tienen mala digestión no podrán comprender nunca que el cocinar y el comer son un arte excelso y un placer inefable, de que se puede disfrutar cotidianamente.  Ese placer no es un privilegio de la riqueza, pero sí del talento.  Se extiende a todos los hombres, a todos los hogares, hasta los más humildes y pobres, con tal de que tengan el sentido del gusto y un buen estómago.  Yo he  visto a muchos chinos, sentados alrededor de una gran fuente de pescado guisado, cada uno con un bol de arroz y  sus palillos en las manos,  saborear la comida con evidente deleite, casi devotamente.
---El arte culinario se remonta a edades pretéritas, quizá dio comienzo cuando, hace muchos miles de años, se empezó a utilizar el fuego para cocinar de la  mejor manera los alimentos.  ¿Qué opina acerca de los orígenes de la gastronomía?
---Desde la más remota antigüedad, el  hombre y la mujer, más la mujer que el hombre, se han preocupado constantemente por la preparación de los alimentos crudos y por su constante mejoramiento.  Las invenciones del fuego y de la alfarería, dos de las más geniales de la humanidad, dieron la base de sustentación del arte culinario y sobre ellas descansan todas las posibilidades para hacer de las comidas un motivo de placer.


---Ya me disponía a formularle la siguiente pregunta, cuando en ese momento comenzó a escapar una espesa columna de humo gris por el amplio cráter del  Paricutín.  El  Dr. Atl, con los ojos brillantes por la emoción, me hizo un gesto con la mano, como dando por concluida la plática,  y con la celeridad de que era capaz se instaló ante su caballete y prosiguió pintando el lienzo en el cual  se encontraba absorto, cuando yo lo encontré, una luminosa mañana de abril, en aquel paraje ubicado  en la base del volcán Paricutín.







lunes, 6 de junio de 2016

CONVERSACIONES GASTRONOMICAS INTEMPORALES (IX)



UNA CHARLA CON MANUEL ANTONIO CARREÑO



En 1934 apareció la primera edición del libro Manual de urbanidad y buenas maneras, escrito por Manuel Antonio Carreño (1812-1874), un renombrado pedagogo, a la par que músico y diplomático nacido en Venezuela, quien animado por mostrar las virtudes de la urbanidad y la “etiqueta” redactó una obra que antaño, quizá hace más de cinco o seis décadas, fue muy popular en el México de nuestros ancestros.  Recuerdo que en aquellos años se decía de una persona incivilizada y grosera, cuyos modales dejaban mucho que desear, que le hacía falta leer “El Carreño”, lo que pone de manifiesto la amplia divulgación que por entonces alcanzó este ensayo que muchos, hoy en día, pueden juzgar obsoleto y pasado de moda.

Hace algunas semanas, me encontré, durante un ágape nupcial, con don Manuel Antonio Carreño.  Me hallaba yo observando el inicuo comportamiento que mostraban  algunos invitados a este banquete (en esos momentos llegué  a pensar que tal parecía que la consigna a seguir de esos incivilizados sujetos, que hacían gala y ostentación de su mala educación  ---a quienes en España se les llama gamberros---, era lo que preconiza el jocoso refrán mexicano que recomienda: “!Atácate Matías, que de esto no hay todos los días”,  porque sin ningún miramiento se dedicaban a atiborrarse, a más no poder, de las exquisitas viandas que en una bien dispuesta mesa allí habían colocado), cuando advertí que un atildado anciano, que se había percatado de mi desagrado por esa reprobable actitud de gente supuestamente “bien”, me sonreía como mostrando cierta complicidad,   y quizá compartía  mi incomodidad por tan incorrecto proceder.  Esa elegante persona extendió su mano y me dijo su nombre, lo que me hizo, de inmediato, que yo recordara su libro referente a las buenas maneras.  Este acercamiento dio origen a una grata conversación, una vez que nos alejamos un poco de ese bullicioso lugar.

---Dígame señor Carreño, ¿qué es para usted la urbanidad?

---Llámese urbanidad el conjunto de reglas que tenemos que observar para comunicar dignidad, decoro y elegancia a nuestras acciones y  palabras, y para manifestar a los demás la benevolencia, atención y respeto que les son debidas.

---Estas normas de civilidad son necesarias durante una comida, y más aún en un
banquete.  ¿Qué me dice de la actitud que antaño  (y por supuesto que esa actitud no debe perderse) era recomendable guardar  al ir a la mesa?

---Al sentarse a la mesa, cada persona toma su servilleta, la desdobla y la extiende sobre las rodillas, teniendo presente que ésta no tiene ni puede tener otro objetivo que limpiarse los labios, y que aplicarla a cualquier otro uso es un acto de muy mala educación.

---¿Era prudente en su tiempo, manifestar en voz alta la satisfacción de haber comido un guiso de gran apetitosidad?

---En las mesas de etiqueta no está admitido elogiar los platos.  En las reuniones pequeñas y de confianza puede un invitado hacerlo alguna vez, mas en cuanto a los dueños de la casa ellos apenas se permitirán hacer una  ligera recomendación de un plato cuando el mérito de éste  sea tan exquisito que no pueda menos que ser conocido por los demás.

---Confucio aseveró que quien se embriaga no sabe beber, y Brillat-Savarin, en uno de sus célebres aforismos, señaló que los que se indigestan o se emborrachan no saben comer ni beber.  ¿Cuál es su opinión al respecto?

---En efecto, la sobriedad y la templanza son las naturales reguladoras de los placeres de la mesa, las que los honran y los ennoblecen, las que los preservan de los excesos que pudieran envilecerlos, y cual genios tutelares de la salud y la dignidad personal nos defienden en los banquetes de los extravíos que conducen a los sufrimientos físicos, y nos hacen capaces de ,manejarnos, en medio de los más deliciosos licores y manjares, con aquella circunscripción y elegancia que distinguen siempre al hombre civilizado y culto.

---¿Qué me dice usted, quien en su época (¡oh tiempos!, ¡oh costumbres!, según aseguran exclamó Cicerón para comentar  las reprobables  actitudes  de algunos de los hombres de su tiempo)  fue considerado un árbitro de la cortesanía, de aquellos que no sólo se jactan de su parco comer, sino que cuando les sirven deliciosos guisos simplemente pican la comida y la hacen retirar luego, sin haberla degustado casi en su totalidad?

---Es un signo de mala educación y de poco roce con la gente el mostrar en la mesa cortedad o hastío, limitándose a probar de algunos platos y repugnando todos los demás.  Las personas de buena educación, si bien no se exceden en la mesa, tampoco dejan de tomar lo bastante para nutrirse, manifestando de este modo a los dueños de la casa la complacencia que experimenta y haciéndoles ver que han tenido gusto y  acierto en la elección y preparación de los manjares.

---Usted ha señalado, señor Carreño, que la mesa es uno de los lugares donde más claro y prontamente se revela el grado de educación y de cultura de una persona, por cuanto
 son tantas y de naturalezas tan severa y sobre todo, tan fáciles de quebrantarse las reglas y las prohibiciones a que está sometida.  ¿Qué podría usted agregar al respecto?

---Jamás llegará a ser excesivo el cuidado que pongamos en el modo de conducirnos en la mesa, manifestando en todos nuestros actos aquella delicadez, moderación y compostura que distinguen siempre en ella al hombre verdaderamente fino.

La conversación en este momento se fue tornando cada momento más difícil, por la algarabía imperante en ese salón, y cuando me disponía a proseguir la entrevista a quien siempre hizo gala de una exquisita educación advertí que mi interlocutor había desaparecido, dejándome a solas con mis pensamientos en torno de las buenas maneras en relación con la gastronomía.

lunes, 30 de mayo de 2016

CONVERSACIONES GASTRONOMICAS INTEMPORALES (VIII)



UNA CHARLA CON JEAN ANTHELME BRILLAT-SAVARIN


En el terreno de la gastronomía muchos suelen referirse a Jean Anthelme Brillat-Savarin sin haber tenido la oportunidad  -–y el placer—  de leer su obra Fisiología del Gusto, cuyo subtitulo es Meditaciones de Gastronomía Trascendente, donde narra un sinfín de historias en torno al arte del bien comer. Esta obra literaria fue  publicada en 1825, apenas dos meses antes de que su autor falleciera.  Fue precisamente Brillat-Savarin,a juicio de Néstor Luján (éste, a su vez, un ameritado gastrónomo hispano), “el primer tratadista de gastronomía que consideró  a este arte como una de las bellas artes, y que la distinguió en el lugar que ocupa hoy”.

Nacido en 1755 en  la francesa ciudad de Belley, en la zona oriental del país galo,  en  el seno de una adinerada familia de la burguesía gala, Jean  Anthelme Brillat-Savarin hubo de exiliarse de Francia a raíz de la caída de la monarquía.  Primeramente estuvo en Suiza, y más tarde radicó en Estados Unidos de América, “donde logró subsistir como músico de una orquesta, por las noches, y profesor de francés durante el día”.  En 1798,  a la caída de Maximiliano Robespierre, pudo retornar Brillat-Savarin a su país natal, y logró rehacer en poco tiempo su fortuna, la cual le había sido confiscada durante los aciagos días de la revolución francesa.

Hace unos años me encontraba yo recorriendo, por segunda ocasión, la región de Borgoña, en Francia, cuna de afamados  vinos, tanto blancos, como tintos. Una luminosa mañana hice una detenida visita al Castillo de Clos Vougeot , del cual leo en Wikipedia lo siguiente: “El castillo del Clos de Vougeot se divisa desde muy lejos entre los viñedos. El abad Loisier lo acabó en época renacentista y fue restaurado en el siglo XIX. Son de destacar: la gran bodega (s. XII) en la que cada año se celebran las ceremonias de la cofradía del Tastevin, el lagar (s. XII) y sus cuatro prensas gigantescas, de los tiempos de los monjes, y la antigua cocina (s. XVI) situada bajo una bóveda sostenida por una única columna central.

Este edificio es la sede de la Confrerie des Chevaliers du Tastevin (Cofradía de los Caballeros del Tastevin), la  más famosa de las cofradías de Borgoña, fundada en 1934 para enaltecer la fama de los vinos borgoñones. Los creadores de esta sociedad privada, Goeorges Faiveley y Camille Rodier, esperaban atraer el turismo mediante la recuperación de antiguas fiestas y tradiciones, y sus esfuerzos se vieron premiados con el éxito. La cofradía celebra anualmente más de quince capítulos, en los que participan más de quinientas  personas. Estos capítulos tienen lugar en el antiguo castillo Clos de Vougeot. Cada asamblea termina con una cena de seis platos, media docena de grandes vinos de Borgoña, café y licores. El coro de vendimiadores Cadets de Bourgogne pone el complemento musical”. Hasta aquí esa cita.

Una vez concluida la visita a ese venerable recinto  --el cual, de alguna manera, es fiel testimonio de la grandeza de los vinos de Borgoña---  me dirigí a la ciudad de Beaune, con la finalidad de recorrer nuevamente las instalaciones del Hotel- Dieu, también llamado Hospices de Beaune  (“hospital de Dios" u "hospicios de Beaune" en lengua francesa) , que es un primoroso edificio  construido en 1443 por Nicolás Rolin, en cuyo hermoso patio tiene lugar las subastas anuales de los grandes vinos de Borgoña.

De pronto  advertí que en la espaciosa cocina de ese hospital medieval, en cuyas instalaciones estuvieron alojados los pacientes geriátricos  hasta el año de 1985,  se hallaba un elegante caballero, que por su atuendo,  propio de un petimetre,   parecía haber dejado, por un momento, la corte del rey Luis XIV, en Versalles. Seguramente se trataba de alguien que había formado parte del Ancien Régime  (Antiguo Régimen en lengua francesa), designación empleada, peyorativamente,  por los revolucionarios, quienes de esa manera se referían al decadente sistema de gobierno anterior.  Su nívea peluca, su azul casaca de terciopelo y el elegante chaleco de brocado, todo contribuía  a dar la idea de un personaje de los tiempos previos al movimiento revolucionario de 1789, que dio al traste violentamente con la nobleza encabezada por Luis XVI.

Cuando me  hube acercado a él advertí de quién se trataba.  Consideré que era una suerte haberme topado inesperadamente con el autor de Fisiologìa del gusto, por ello le solicité accediese a responder varias preguntas referentes a su tema predilecto: el arte del buen comer.

Brillat-Savarin, al tiempo mismo que con un displicente gesto me autorizaba a iniciar la charla, se instaló en una cómoda silla invitándome a hacer lo mismo a su lado.

---Profesor, ¿qué debe entenderse por gastronomía?

--La gastronomía es el conocimiento razonado de cuanto se relaciona con el hombre para nutrirlo, y se ocupa, con igual interés, de nuestras bebidas, según el tiempo, el
lugar y el clima.  Enseña a prepararlas y, sobre todo, a presentarlas en un orden tan calculado que el placer que de ellas proviene vaya en aumento.

---Usted, en su libro Fisiología del gusto,  menciona en numerosas ocasiones los términos gourmand y gourmandise.  ¿Podría aclararme cuándo se habla de un gourmand y cuándo de la gourmandise?

---He buscado en los diccionarios la palabra gourmandise, y no me  ha satisfecho lo que encontré en ellos.  Hay una perpetua confusión de la gourmandise, propiamente dicha, con la glotonería y la voracidad.  También hay anécdotas en las que se narra cómo ciertas comunidades engullen con gracia un ala de perdiz, para rociarla con un vaso de vino de Lafitte o de Vougeot.  Más aun, la gourmandise es una preferencia apasionada y habitual por las cosas que agradan al gusto  Si gourmand es el hombre, o la mujer, que encuentra gran placer en una mesa bien provista, de regios manjares y exquisitos vinos,

---¿Podría pensarse que esa predisposición es benéfica para los seres humanos?

---¡Totalmente!.  La buena comida está muy lejos de perjudicar la salud; y en igualdad de circunstancias los gourmands viven más tiempo que los otros.  Esto ha sido probado por una investigación hecha por el doctor Villermet, presentada hace poco en la Academia de Ciencias.  No quiere esto decir que los que comen bien están libres de enfermedades, pero como tienen una gran dosis de vitalidad y todas las partes de su organismo están mejor mantenidas, la naturaleza tiene más recursos y el cuerpo humano resiste mejor a la destrucción.

---¿Qué diferencia existe entre el placer de comer y el placer de la mesa?

---El placer de comer nos es común con los animales; no supone más que el hambre y lo que se necesita para satisfacerla.  El placer de la mesa es privativo de la especie humana; supone cuidados anteriores para los preparativos de la comida, para la elección del lugar y la reunión de los comensales.

---Qué opina usted de las trufas, mi querido profesor?

---Quien dice trufa pronuncia una gran palabra, que evoca recuerdos eróticos y glotones en el sexo que usa falda, y recuerdos glotones y eróticos en el sexo que lleva barba.  Esta duplicación proviene de que el eminente tubérculo no sólo es considerado como
delicioso  para el gusto, sino porque se cree que engendra una potencia cuyo ejercicio va acompañado de los más dulces placeres.  La trufa es el diamante de la cocina, y si acaso no es un afrodisiaco positivo, puede, en determinadas ocasiones, hacer más tiernas a las mujeres y más amables a los hombres.

En este momento me percaté que Jean Anthelme Brillat-Savarin miraba atentamente el reloj de sol instalado en el muro poniente del patio del Hotel- Dieu.  Imaginando que deseaba poner punto final a nuestra conversación le pedí me dijese tres de sus célebres aforismos gastronómicos, los que de manera más profunda tradujesen sus sentimientos en relación al arte culinario.  Con una sonrisa, y poniéndose de pie, exclamó:  No  tres sino cinco, de los veinte que  escribí:

---Dime qué comes y te diré quién eres.
---El creador, al obligar al hombre a comer para vivir, le incita a ello por el apetito y le recompensa por el placer.
---Los que se indigestan y se emborrachan no saben comer ni beber…
--El descubrimiento de un nuevo plato, hace más en beneficio del género humano que el descubrimiento de una estrella.
---Convidar a una persona es encargarse de su bienestar durante el tiempo que esté en nuestra casa.

A continuación, inclinando levemente la cabeza, al tiempo mismo que su rostro esbozaba una sonrisa, desapareció de mi vista cuando fue alcanzado por un dorado rayo de sol del atardecer